SATISH KUMAR

La revista editada per Satish Kumar

La universitat fundada per Satish Kumar

SATISH KUMAR

SATISH KUMAR A TEDX: ‘SOIL, SOUL, SOCIETY’ (INGLÉS)

ENTREVISTA REVISTA NAMASTÉ

POR GUILLEM FERRER

Satish Kumar, Rajasthan, India 1936. Reside en North Devon, Inglaterra, desde hace 40 años con su esposa June.
Perdonad pero no me resulta nada fácil defi nir a este maestro en el arte de vivir. Su bondad y humildad, su integridad, compasión y amor….me sobrepasan.

Satish ve un mundo en un grano de arena y al paraiso en una fl or salvaje. Tiene al infinito en la palma de su mano y a la eternidad en una hora.

Peregrino de la Tierra, en 1962 recorrió a pie y sin dinero desde la tumba de Mahatma Gandhi, en Nueva Delhi hasta la tumba de John F. Kennedy 12.000 kms durante dos años, a través de montañas, desiertos, tormentas y nieve en un peregrinaje por la paz. Esa peregrinación, a través de los continentes, fue la antítesis absoluta del turismo.

A los 50 años inició una nueva peregrinación, también a pie y sin dinero, por lugares sagrados de Gran Bretaña, como celebración de su amor por la vida y la naturaleza. Para celebrar los 60 años recorrió a pie las montañas sagradas de India y Tibet.

Ecologista y pacifista, en 1968, inspirado por Gandhi, funda la London School of Non Violence. Extraordinario activista, desde 1973 edita Resurgence, revista y foro de prestigio internacional que busca soluciones, propone nuevas ideas y promueve la no violencia, la sostenibilidad, el arte de vivir…

UNA MIRADA AL MÓN EXTERIOR

Una entrevista produïda per la Asociación Despierta i l’Instituto Potencial Humano

ARTICLES I FRAGMENTS

La vida es un milagro; no podemos explicarla ni tampoco conocerla plenamente, pero sí participar activa y conscientemente en ella sin intentar controlarla, manipularla o subyugarla. La participación es sencilla. Se nos han dado dos manos maravillosas para cultivar la tierra y producir alimento. Trabajar con la tierra del jardín satisface tanto la necesidad del cuerpo como la del espíritu. La agricultura industrial nos ha quitado nuestro derecho natural a participar en el cultivo de los alimentos. La agricultura a gran escala, mecanizada e industrializada nace de nuestro deseo de dominar la tierra. La agricultura a pequeña escala, natural, local (mejor aún en el propio jardín) es una forma de participar en los ritmos de las estaciones. Idealmente, la tierra hay que cultivarla como un jardín, no explotarla. Habría que liberar a los animales de las cárceles de las granjas industriales. El cultivo de los alimentos es un ejemplo del principio sátvico de la participación. Cocinar la comida y compartirla con la familia, los amigos y otros invitados son actividades tan espirituales como sociales y económicas. La comida rápida nos ha arrebatado la actividad fundamental de participar en el ritual cotidiano de la preparación de los alimentos. El movimiento Slow Food es un gran intento de contrarrestar esta tendencia. La comida lenta es sátvica, es decir, alimentos que fomentan la vitalidad, la salud y la alegría, son blandos dulces y nutritivos;  la comida rápida es tamásica, son alimentos que producen apatía, pesadez y letargo, que son insdípidos, rancios y embriagadores. La lentitud es una cualidad espiritual. Si deseamos participar adecuadamente en el proceso de la vida y restaurar nuestra espiritualidad, hemos de calmar el ritmo. La paradoja estriba en que sólo cuando vamos más lentos podemos llegar más lejos. Al hacer menos, consumir menos, producir menos, podremos ser «más», celebrar más, disfrutar más. El tiempo es lo que lo perfecciona todo. Date tiempo para hacer cosas, y tiempo para descansar. Busca momentos para «hacer» y también para «ser». La espiritualidad se encuentra en la participación en esta danza del hacer y del ser.

En cierta ocasión, el emperador de Persia preguntó a su maestro sufí: «Por favor, aconséjame. ¿Qué debo hacer para renovar mi alma, vivificar mi espíritu y refrescar mi mente, de modo que pueda sentirme feliz conmigo mismo y ser eficaz en mi trabajo?». El maestro sufí le respondió: «Señor, ¡duerme todo lo que puedas!». El emperador se quedó sorprendido. «¿Dormir? No tengo mucho tiempo para dormir», dijo, irritado. «Tengo que dispensar justicia, promulgar leyes, recibir a embajadores, dirigir ejércitos. ¿Cómo puedo dormir cuando tengo tantas cosas que hacer?». El maestro sufí le respondió: «Señor, ¡cuanto más duermas menos oprimirás!». El emperador se quedó sin palabras, pues entendió lo que le decía el sabio. Admitió que aquel hombre era directo pero tenía razón.

Las sociedades modernas son como el emperador de Persia. Cuanto más trabajamos, más consumimos: conducimos coches, volamos en aviones, gastamos electricidad, salimos de compras y producimos desperdicios. Cuanto más rápido hacemos tales cosas, más perjudicamos al medio ambiente, a los pobres y a nuestra propia paz mental. La velocidad conduce al control, y la lentitud a la participación. La verdadera participación consiste en vivir y trabajar en armonía con nosotros mismos, con otros y con el mundo natural. La participación no tiene que ver con la velocidad ni con la eficacia, sino con la armonía, el equilibrio y la idoneidad de los actos.

En cierta ocasión preguntaron a Mahatma Gandhi: «¿Qué piensa usted de la civilización occidental?». Él contestó: «¡Que sería buena idea!». Sí, sería una buena idea, porque toda sociedad que recurre a la guerra para controlar el suministro de petróleo o crea armas nucleares para mantener su poder político, desechando todos los valores del espíritu, no puede definirse como civilizada. ¿Cómo una cultura consumista, codiciosa, levantada sobre un sistema económico injusto e insostenible, puede llamarse civilizada? Lo característico de la civilización es saber mantener el equilibrio entre el progreso material y la integridad espiritual. ¿Cómo podemos considerarnos civilizados cuando las naciones, las culturas y las religiones ni siquiera pueden convivir en armonía? Hemos desarrollado tecnologías que nos permiten llegar a la Luna, pero no la sabiduría suficiente para convivir con nuestros vecinos. Una civilización carente de fundamento espiritual no es civilización. El modo en que tratamos a los animales es un ejemplo claro de falta de civilización. Las vacas, los cerdos y los pollos viven prisioneros en granjas industriales; a los ratones, los monos y los conejos que viven en laboratorios se les trata como si no sintieran dolor. Creemos que para complacer los deseos humanos podemos abusar de toda forma de vida. El racismo, el nacionalismo, el sexismo y la discriminación basada en la edad ya se han puesto en tela de juicio y, hasta cierto punto, se han reducido, pero el «humanismo» sigue dominándonos. Como resultado, consideramos que la especie humana es superior a todas las demás. Este humanismo es una forma de «especieísmo». Para crear la civilización con la que soñaba Mahatma Gandhi necesitamos una revolución espiritual. ¿Por dónde empezar? Empecemos con nosotros mismos. La transformación de uno mismo es el primer paso hacia la transformación social, política y espiritual. Todas las transformaciones empiezan en la base y van ascendiendo para abarcar un mundo más amplio. Ésta es la ley del mundo natural. El poderoso roble empieza siendo una bellota que se siembra en tierra. Tras la siembra de la semilla, durante unas pocas semanas o incluso meses nadie sabe si está viva o muerta, o si algún día saldrá a la luz del sol. Pero esa transformación invisible bajo la superficie de la tierra permite a la bellota salir de la tierra bajo la forma de un brote diminuto y tierno. Aún es pequeño, insignificante, pero el roble poderoso nacerá de esa nimiedad. De igual manera, la transformación social y política nace de las semillas de la transformación personal. Cuando estamos libres del temor y de la angustia, cuando nos sentimos a gusto con nosotros mismos, entonces podemos relacionarnos con la comunidad que nos rodea. A su vez, ese acto de participación personal nos aporta una mayor sensación de plenitud, en un ensamblaje maravilloso de lo personal, lo social y lo político.

A menudo la gente me pregunta: «¿Es usted pesimista u optimista?». Respondo que soy optimista, porque el pesimismo es destructivo. Sé que actualmente el pesimismo está de moda. Los científicos, los ambientalistas y los climatólogos afirman que el desastre está a la vuelta de la esquina, y que se acerca el final de la civilización. Libro tras libro nos dice que hemos pasado el punto de inflexión y hemos llegado al punto del que no hay retorno posible. Los cielos están saturados de dióxido de carbono y la atmósfera llena de los gases que producen el efecto invernadero. Nos dicen una y otra vez que, hagamos lo que hagamos, no podemos invertir el aumento de la temperatura o impedir que el mar inunde Londres. Lo que sucedió con Nueva Orleans sucederá con Nueva York. El calentamiento global no va a menguar. Este escenario oscuro y desesperanzado lo presentan expertos y activistas por igual.

No subestimo la gravedad de la crisis climática. Respeto a los científicos que predicen un futuro catastrófico para la humanidad. Estoy de acuerdo en que nuestro estilo de vida actual, que depende hasta tal punto del uso de combustibles fósiles, pende de un hilo. Si seguimos adelante, caeremos en el abismo. Por tanto, lo único que podemos hacer ahora es dar un paso atrás; yo le llamo «el punto de retorno». Necesitamos regresar a un estilo de vida libre de la perniciosa dependencia de los combustibles fósiles. Actualmente quemamos millones de barriles de petróleo cada día para disfrutar de nuestro alimento, prendas de vestir, hogares, calefacción, electricidad, transporte y ocio. Este estilo de vida no sólo derrocha y es insostenible; también es muy peligroso. La naturaleza tardó doscientos millones de años en crear ese vasto almacén de energía fósil que nosotros hemos casi agotado en 200 años. La velocidad con la que agotamos la energía fósil es increíble.

La civilización, a nivel colectivo, pasa por una noche oscura del alma; atraviesa una crisis ecológica, social y espiritual. En este momento es fácil ser pesimista. Resulta sencillo enterrar la cabeza en la arena y decir que ya es demasiado tarde; hemos alcanzado el punto de no retorno, ya no se puede hacer nada, se nos ha acabado el tiempo. Este pesimismo nace del miedo.

El pesimismo es tamásico porque incapacita. ¿Cómo podemos estar seguros de que es demasiado tarde? Tirar la toalla no es una opción. Los retos del cambio climático, la pobreza mundial y la codicia global son realmente graves. Ahora es el momento de despertar y de unirnos para usar nuestra sabiduría colectiva, nuestra creatividad e ingenio, nuestra imaginación humana, para rediseñar nuestros sistemas económicos, políticos y sociales y fundamentarlos en principios sátvicos, para satisfacer así las necesidades de nuestra época. Esta cultura tamásica, que malgasta, destruye y consume, no es un don de Dios. Se ha desarrollado en tan sólo los últimos 250 años aproximadamente, y dentro del contexto del tiempo evolutivo 250 años es un plazo muy corto. Si los humanos crearon esta situación también pueden cambiarla. Somos capaces de pasar del tamasal sattva; podemos reconstruir nuestra economía en armonía con la ecología. Hemos de ponernos a trabajar con optimismo: el optimismo nace del amor. En este momento tan crítico tenemos la necesidad de reunir nuestro coraje para amar la Tierra, sirviéndola a ella y a sus habitantes. El optimismo capacita e inspira; el optimismo no tiene por qué ser un puñado de ilusiones. El optimismo es la fuente de las buenas acciones. Aceptemos el desafío. El pesimismo es el refugio de los cobardes, mientras que el optimismo es la fuente del valor. El pesimismo engendra pasividad; el optimismo conduce al activismo.

En sánscrito hay una palabra que define el punto de retorno:pratikraman. Su antónimo es atikraman, que quiere decir sobrepasar nuestros límites naturales. Atikraman es lo que sucede cuando transgredimos la ley universal. Volver al centro de nuestro ser o a la fuente de la sabiduría interna es pratikraman. Estos dos términos sánscritos nos proporcionan una herramienta útil para comprender la situación difícil en que se encuentra ahora la humanidad, y nos señalan una posible vía de escape. Es necesaria una profunda introspección para examinar el estado de nuestra psique; hemos de preguntarnos: ¿estamos satisfaciendo nuestra necesidad o cediendo a nuestra codicia? ¿Estamos sanando la Tierra o perjudicándola?

Dentro del contexto del calentamiento global, la adicción al petróleo es atikraman, y el regreso a una energía derivada directamente del aire, el agua y el sol es patrikraman. Una manera de empezar nuestropatrikraman es dejar de utilizar combustibles fósiles. Necesitamos una moratoria sobre la construcción de autopistas y de pistas de aterrizaje. No deberían construirse nuevos hogares desprovistos de aislamiento térmico. Debemos detener la agricultura industrial en todo el mundo. Una vez hayamos puesto el freno al uso de los combustibles fósiles, podremos empezar el proceso de reducción y el viaje de regreso a los recursos renovables. Si planificamos y administramos cuidadosamente nuestro viaje de regreso, deberíamos ser capaces de eludir el desastre predicho. Pudimos reparar el agujero en la capa de ozono al reducir el uso de CFCs; si congelamos de inmediato el uso de los combustibles fósiles y nos preparamos para el viaje de vuelta podríamos mitigar las consecuencias extremas del cambio climático.

Para superar el reto del calentamiento global, hemos de dejar de ser consumidores para ser artistas; hemos de refugiarnos en las artes y en la artesanía. Tal y como defendieron hace mucho tiempo William Morris y Mahatma Gandhi, la artesanía activa nuestra imaginación, estimula nuestra creatividad y nos aporta una sensación de plenitud. La poesía, la pintura, la alfarería, la música, la meditación, la jardinería, la escultura y otras formas de artesanía pueden satisfacer nuestras necesidades humanas básicas, produciendo objetos hermosos y útiles que no exigen el uso de combustibles fósiles. La felicidad humana, la verdadera prosperidad y la vida gozosa sólo pueden nacer de una vida de elegante simplicidad.

Estamos en el punto de retorno de lo burdo a lo sutil, del glamour a la gracia, del hedonismo a la sanación, de la conquista de la Tierra a la conservación de la naturaleza, y de la cantidad de posesiones a la calidad de vida. Ser optimista funciona.

Resulta fácil sentirse impotente al vivir a la sombra de los intereses políticos, consumistas y empresariales que ejercen semejante poder rajásico sobre nuestras vidas y sobre el entorno. Cuando nos preocupamos por la situación en que se encuentra el mundo natural, instintivamente surgen en nosotros determinadas preguntas: «¿Qué puedo hacer? ¿Cómo puedo introducir cambios? ¿Cómo conseguir que se escuche mi voz? ¿Cómo puedo llevar una vida sátvica?». La respuesta de Mahatma Gandhi fue muy sencilla y directa: «Sé el cambio que quieres ver en el mundo». Si no existe un cambio personal, la transformación política y empresarial seguirá siendo superficial e inadecuada. Está claro que sin que medie la acción individual esos cambios mayores nunca tendrán lugar. El cambio político sólo llegará cuando haya un gran número de personas que empiecen a practicar lo que creen. Cuando haya un mar de fondo de opinión lo bastante grande, cuando haya muchas personas actuando desde la base, los gobiernos se verán obligados a promulgar nuevas leyes y a forzar transformaciones de arriba abajo. Éste es mi programa de once puntos para la acción sátvica. Todos nosotros podemos empezar a vivir en nuestra comunidad los valores sátvicos. Todos podemos dar esos pocos pasos sencillos para combatir los valores rajásicos del consumismo, abordar el problema del calentamiento global y empezar a vivir una vida llena de alegría.

1. Cambiar nuestra actitud Nuestra cultura industrial se centra en el ser humano y es utilitaria. Valoramos la naturaleza por la utilidad que tiene para nosotros. Si queremos tener un futuro sostenible, hemos de cambiar este punto de vista. Hemos de admitir que toda vida tiene valor intrínseco. Sin cambiar nuestra actitud personal hacia el mundo natural no podremos obtener un estilo de vida sátvico y sostenible. En lugar del cálculo utilitario, necesitamos un paradigma del mundo reverente, respetuoso. Entonces destruiremos, envenenaremos y mataremos menos, y protegeremos, respetaremos y celebraremos más.

  1. Vivir con sencillez Tener un alto nivel de vida —medido por el dinero y las posesiones materiales— se ha convertido en la finalidad de la sociedad moderna. Para llevar una vida respetuosa con el entorno hemos de orientarnos hacia la calidad de vida. Dicho de una forma más directa: hemos de empezar a vivir con mayor sencillez, de modo que otros puedan, sencillamente, vivir. Cualquier necio puede complicarse la vida; hace falta inteligencia para simplificarla.
  2. Consumir menos Hace cincuenta años la población mundial era de tres mil millones de personas. Ahora se ha duplicado, y los seres humanos, con el índice de consumo actual, excedemos la capacidad de la Tierra, algo por lo que tendremos que asumir una responsabilidad personal. Un occidental consume cincuenta veces más que una persona del Tercer Mundo; esto, en la práctica, significa que la población occidental se multiplica por cincuenta. Por tanto, debes vivir con más sobriedad, tomando de la naturaleza sólo lo que haga falta, de modo que dejes una huella menor en el mundo. «En el mundo hay suficiente para las necesidades de todos, pero no para la codicia de nadie», dijo Mahatma Gandhi.
  3. No derrochar Derrochar es un pecado contra la naturaleza, una maldición de la vida moderna y una cualidad tamásica de primer orden. Cada día se arrojan al mundo natural millones de toneladas de desperdicios, algo que el mundo no puede asimilar. La montaña de cocinas, lavadoras, neveras, ordenadores y televisores crece seis millones de toneladas al año, un índice que se calcula que se duplicará en 2010; la mayor parte acaba enterrado, desperdiciando recursos y creando riesgos para la salud y para el medio ambiente. Millones de botellas y de bolsas de plástico atascan y asfixian los ecosistemas, contaminando ríos y océanos. Por tanto, usar objetos de segunda mano, reparar y reciclar deben considerarse grandes virtudes sátvicas. Un paso muy sencillo consiste en reutilizar las bolsas de plástico, o llevar una bolsa de tela cuando vamos de compras. Otro es redescubrir la vieja máxima «arréglatelas y arregla», resistiéndonos a la tentación de reemplazar los utensilios (cocinas y aparatos viejos) y los muebles cuando los viejos aún puedan ser de utilidad. Al hacerlo, contrarrestaremos el consumismo.
  4. No usar productos perjudiciales Cuando limpiemos la casa y lavemos la ropa, usemos productos biológicos, que no contaminen el medio ambiente. Al edificar, elaborar prendas de vestir y muebles, demos preferencia a los materiales naturales y locales.
  5. Caminar Nuestras vidas se han vuelto dependientes de los coches, incluso para cubrir distancias cortas. La falta de ejercicio fomenta la obesidad y la mala salud. Vivimos en casas, nos desplazamos en coches y trabajamos en oficinas; apenas entramos en contacto con el mundo natural. Pero si no conocemos, no vemos y no experimentamos la naturaleza, ¿cómo podremos amarla? Y si no amamos la naturaleza, ¿cómo podremos protegerla? Por tanto, pasear en la naturaleza, dedicar unas vacaciones al senderismo o ir andando al trabajo pueden ser vías de acceso real a la vida sátvica.
  6. Hacer el pan Gandhi defendía la elaboración en casa de las prendas de vestir, hilando y tejiendo, como una forma de desafiar al consumismo, entroncarnos en la tradición y proclamar las virtudes de la simplicidad. Para nosotros, hacer nuestro propio pan puede cumplir el mismo propósito.
  7. Meditar Nuestras vidas son demasiado ajetreadas y estresantes. La presión del trabajo, la búsqueda del éxito, la sed de prosperar, el exceso de información… todo esto aumenta nuestro nivel de estrés. Para recuperar el equilibrio, hemos de tomarnos algún tiempo durante el día para renovarnos, para desarrollar nuestra alma, para reflexionar, para dedicarnos a la creatividad y para mantener una relación correcta con el mundo natural, de modo que podamos desarrollarnos y crecer. Cada día, durante al menos media hora, necesitamos estar solos, en calma y en silencio, para que el resto del día se fundamente en la tranquilidad sátvica.
  8. Trabajar menos A pesar de la producción en masa, la industrialización, la automatización y la mecanización, padecemos un exceso de trabajo y a menudo estamos agotados. Con demasiada frecuencia, cuando la gente vuelve a casa del trabajo no tiene fuerzas más que para sentarse delante del televisor. A pesar de nuestra riqueza y de nuestro crecimiento económico sin precedentes, nuestro trabajo nos esclaviza. Para gozar de un futuro sostenible hemos de trabajar menos, hacer menos, gastar menos y ser más. Reduzcamos el ritmo y vayamos más lejos. Espontáneamente nacerán relaciones personales, celebraciones y alegría. La vida sostenible es una vida gozosa. El sistema actual de deudas, pago de hipotecas y otras obligaciones nos lleva a trabajar más, pero si fuéramos conscientes, podríamos rediseñar nuestras vidas para crear un mejor equilibrio entre el trabajo y la vida. ¡Querer es poder!
  9. Estar informados Nadie puede trazarte un plano detallado para llevar una vida sátvica; cada uno de nosotros debe desarrollar sus propias ideas. Pero podemos basarnos en todos las nuevas ideas en este campo. Hay libros, revistas y cursos que pueden ayudarnos. Encontremos momentos para estudiar.
  10. Organizarse Los intereses creados siempre encontrarán un modo de engañar a las personas y de buscar unos beneficios y un poder que perjudican al mundo. Por tanto, hemos de estar despiertos y alerta, y denunciar los actos explotadores de los poderosos: ¡digamos la verdad a quien ostenta el poder! Pero esas protestas no pueden ser individuales; hemos de solidarizarnos con las organizaciones que luchan por un futuro sostenible. Elige una organización que encaje con tu forma de ser y colabora con tu comunidad local. Forma un grupo local e interésate en la política local, organiza, expresa y comparte tus inquietudes con otros.

Tenemos casas más grandes, pero familias más pequeñas; Más comodidades pero menos tiempo. Tenemos más títulos, pero menos sentido común; Más conocimientos, pero menos criterio; Más medicinas, pero menos salud. Hemos ido a la Luna y hemos vuelto, Pero nos cuesta cruzar la calle para conocer a los nuevos vecinos. Hemos construido ordenadores que almacenan más información Para reproducirla más que nunca, Pero gozamos de menos comunicación. Nos hemos excedido en cantidad, Quedándonos cortos en calidad. Es la era de la comida rápida y la digestión lenta; De hombres altos pero de poco carácter; De los grandes beneficios y las relaciones superficiales. Es la era en que hay mucho en el escaparate, Pero nada en el interior

El aprendizaje no es un ejercicio académico, también requiere experimentación y práctica. Y la práctica no significa adquirir meramente las técnicas y habilidades que nos permitan conseguir un trabajo y ganar dinero. Practicar implica vivir la vida cotidiana según los eternos principios de armonía, humildad y amor. Ese es el concepto que el peregrino tiene de la educación.

La escolarización moderna dista mucho del sentido esencial de la educación. En nombre de la educación, en todo el mundo se practica el lavado de cerebro. En todas partes hay una única meto- dología; mi amiga Vandana Shiva la llama monocultura de la mente. La India moderna, el moderno Japón, la Europa moderna, los Estados Unidos modernos, la Australia moderna, en todas partes se ve- nera la modernidad de la monocultura. Se nos condiciona para que creamos que sólo importa la educación cuantitativa y materialista. Si aspiramos a una vida ecológica, sostenible, espiritual, satisfacto- ria, gozosa y autorrealizada, debemos ampliar nuestros modos de conocimiento. Debemos ser más inclusivos, dejar de afirmar «Sólo hay un método correcto y es el método científico. Todos los demás están equivocados». Es esta una manifestación del fundamenta- lismo científico, el que prevalece en nuestra educación moderna. Debemos liberarnos de este fundamentalismo científico. Debemos entender que el método científico sólo es uno de los caminos. Es útil, es bueno, pero también existen otros. Otros que son intuiti- vos, basados en la experiencia, en la atención, en el cariño y en ser compasivos. Son modos basados en la espiritualidad, también útiles para conocer y encontrarle un sentido al mundo.

La finalidad de la educación tradicional era hallar el significado de la vida, mientras que la educación moderna es una especie de lavado de cerebro que nos prepara para conseguir un trabajo bien pagado y ganar la mayor cantidad de dinero posible.

Este lavado de cerebro es una situación seria. Gracias a él, todos quieren tener un coche, una casa, una nevera, una póliza de seguros, vacaciones en el extranjero… Si los seis mil millones de habitantes del planeta llegasen a vivir semejante estilo de vida, necesitaríamos tres o cuatro planetas como la Tierra. Esto no sucederá. Ni siquiera dispondremos de un nuevo planeta Tierra. Y debido a este lavado de cerebro, la gente no renunciará a sus neveras, a sus coches y a sus estilos de vida. La gente que cree en la ciencia, en el progreso y en la tecnología no cambiará repentinamente por causa de una amorfa teoría de que todo está interconectado. Este es el desafío al que nos enfrentamos. La mejor manera de afrontar este desafío es pasar de una educación cuantitativa a una educación cualitativa y holística.

El moderno estilo de vida consumista tiene sus consecuencias, porque no hay ningún estilo de vida que esté libre de consecuencias. Estas son de tres clases: estrés sobre el individuo, sobre la sociedad y sobre el medio ambiente. Si tenemos coches, ordenadores, televisores y toda la demás parafernalia, pero nos falta la felicidad, no tenemos relaciones genuinas, ni amistades, ni vida familiar, entonces ¿qué hay de bueno en todos esos coches y ordenadores? Es por eso que actualmente mucha, mucha gente está llegando a la conclusión de que «tengo todas las cosas que necesito, pero no soy feliz. ¿Cómo puedo crear una nueva vida que sea simple, pero enriquecedora?, ¿cómo puedo desarrollar una simplicidad elegante, en la que las relaciones auténticas sean el núcleo de mi existencia?».

Lo opuesto a la simplicidad es el glamour, el consumismo, la moda; que son la antítesis de la sostenibilidad. Muchos de nuestros problemas económicos y ambientales son consecuencia de nuestro deseo de ostentación, de impresionar a los demás. Yo llamo a esto la «mentalidad turística». Estamos obsesionados por nuestros egos, y ese deseo de glamour se ha vuelto un problema mundial. 

Como dijo Oscar Wilde: «La moda es una especie de fealdad, tan intolerable que debemos alterarla cada seis meses».

¿Quieres decir que los peregrinos practican la simplicidad en la vida?

La simplicidad es parte de la «sabiduría perenne» promovida por muchos grandes pensadores y visionarios. Aunque a veces la gente piensa que la simplicidad equivale a un estilo de vida austeramente monacal, esa no es mi idea. La simplicidad es una cualidad positiva; cuando las cosas son simples están bien hechas, están he- chas para durar, hechas con placer y para brindar placer cuando son utilizadas. Fue E. F. Schumacher quien dijo que «Cualquier tonto puede hacer cosas complicadas, pero es necesario ser un genio para hacer cosas simples».

La simplicidad requiere menos ego y más imaginación, menos complicación y más creatividad, menos glamour y más gratitud, prestar menos atención a las apariencias y más atención a lo esen- cial.

Los estilos de vida consumistas y «a la última moda» son la causa de una crisis triple. La primera es la crisis ecológica, pues la sobreexplotación de los recursos favorece el cambio climático. La segunda es la crisis social, pues unos pocos se apoderan de los recur- sos mientras la mayoría de las personas se ve privada de sus derechos esenciales, provocando así pobreza e injusticia social. La tercera es la crisis espiritual: la crisis de la desconexión y de la soledad. El consumismo y la adicción a la «moda rápida» socavan los valores de amistad, familia, vecindad y humildad.

La simplicidad no equivale a mirar hacia atrás o hacer retroce- der el reloj hasta un pasado preindustrial. La simplicidad elegante trata de un futuro postindustrial, en el que la tecnología esté al servicio de la Tierra y de la humanidad. Podemos beneficiarnos de nuestros descubrimientos científicos y tecnológicos sin com- prometer la integridad ecológica, social y espiritual. El progreso sin principios, la ciencia sin espiritualidad, el consumismo sin conciencia, el dinero sin ética y el conocimiento sin sabiduría destruyen la cohesión social y las relaciones humanas. Cuando nos alejamos de la simplicidad y nos centramos en la acumulación de más y más posesiones, tanto materiales como no materiales, sacrificamos el papel central que tienen las relaciones humanas, y el resultado es la soledad.

La columna vertebral de la existencia humana son las buenas relaciones. Sin la columna vertebral no puedes mantener el cuerpo erguido. Necesitas tu carne, tu sistema nervioso, pelo, manos, pies y demás partes de tu cuerpo. Pero si no hay columna vertebral, el cuerpo no se mantiene erguido y cae. Luego, ¿cuál es la columna vertebral de la vida humana? Las buenas relaciones con los demás seres humanos: con tu pareja, tus niños, tu madre, tu padre, tus ve- cinos, tus amigos. Como dicen los franceses, «Les relations humaines sont les plus précieux». También es esencial, sin lugar a dudas, una buena relación con el entorno natural; con la tierra, los animales, los árboles y con el lugar en que vivimos.

Es sólo a través de nuestras relaciones que logramos una sensa- ción de realización plena y de dicha. Cuanto más relacionados esta- mos, más felices somos. El moderno estilo de vida está destruyendo los fundamentos de las relaciones. El resultado de este estilo de vida materialista, adquisitivo, pendiente de la moda y consumista es una infelicidad cada vez mayor. Esta profunda infelicidad es el precio que estamos pagando a nivel individual.

También estamos pagando un precio a nivel social, pues nuestro moderno estilo de vida genera enormes injusticias sociales. En ciudades como Tokio, Hong Kong y Nueva York, observamos riquezas tremendas junto a barrios miserables. Las políticas de vivienda son completamente injustas, y mientras algunos viven en lujosos apar- tamentos, muchos más se ven obligados a sobrevivir en chabolas o en las calles porque todos los recursos disponibles son absorbidos por una minoría.

Luego están las consecuencias ecológicas. Estamos consumiendo enormes cantidades de combustibles fósiles para que sigan funcionando nuestros sistemas energéticos, nuestras fá- bricas, nuestro comercio y nuestros sistemas de distribución de alimentos, y también la producción de ropa, zapatos, muebles, ordenadores y televisores; todo lo que producimos y consumimos se basa en una sola fuente de energía: el petróleo. Cada día consumimos millones de barriles de petróleo. Una de las consecuencias de semejante consumo es el cambio climático, y la otra son las guerras globales.

Si comenzamos a considerar las consecuencias de nuestro mo- derno estilo de vida, llegaremos a la conclusión de que no son muy alentadoras. Por lo tanto, un cambio fundamental de nuestro estilo de vida colectivo es un imperativo tanto personal como social y ecológico. Los sistemas en los que se basa nuestra vida moderna fueron diseñados por los seres humanos, y pueden ser cambiados y reconstruidos por los humanos; no son inevitables. Si nuestros sistemas actuales perjudican la coherencia personal, social y ecoló- gica, necesitamos rediseñar esos sistemas, y esa tarea de rediseñarlos requiere una nueva conciencia: una conciencia ecológica, una con- ciencia espiritual.

Cuando la gente logre entender esto, y haga las conexiones entre su propio estilo de vida y las consecuencias negativas que provoca cuando se lo reproduce a escala global, creo que apoyará un rediseño del mundo y un estilo de vida que sea elegante, simple, confortable, hermoso, disfrutable y feliz. Si logramos rediseñar el mundo de un modo que sea personal, social y ecológicamente satis- factorio, no serán necesarios tres o cuatro planetas. Podremos vivir felizmente en un único planeta. «Hay suficiente en el mundo para satisfacer las necesidades de todos, pero no para satisfacer la codicia de nadie», dijo Gandhi. Por tal razón, debemos rediseñar el mundo sobre la base de las necesidades y las relaciones, en lugar de hacerlo basándonos en la codicia y la fragmentación. 

Esta tarea de rediseñar nuestros sistemas comienza con la educación.   

Satish Kumar